Estudio UC busca la respuesta sobre cómo aprendemos a movilizarnos de un punto a otro

Un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Católica está tras la pista de la navegación espacial en animales desde hace cuatro años.

 

Fecha: 9 de julio 2018

¿Cómo sabemos el mejor camino para ir a casa y cómo recordamos la dirección de nuestro lugar de trabajo diariamente? Detrás de estas preguntas se encuentra el estudio de Ignacio Negrón, junto a los doctores Pablo Fuentealba y Francisco Aboitiz, del Departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina UC.

En 2014, John O’Keefe y el equipo de Edvard Moser y May-Britt Moser recibieron el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de las células de red y las células de lugar, que ayudaban a entender mejor cómo funciona el posicionamiento espacial en el cerebro. De esta forma, se relacionaba esta actividad neuronal con el hipocampo y las zonas cerebrales cercanas; el estudio de Negrón, Fuentealba y Aboitiz establece que está involucrada además la corteza prefrontal.

“Nadie había estudiado la participación de la corteza prefrontal en la navegación. Hicimos los experimentos y encontramos que no solo es relevante, sino que hay muchas cosas que ocurren entre esta corteza y otras áreas cerebrales como el hipocampo. Estas dos regiones se comunican y ésta comunicación aumenta cuando el animal va aprendiendo el camino que le sirve para llegar al objetivo”, señala Negrón.

En el experimento, pudieron notar que los animales que tomaron mejores decisiones en la ruta escogida registraban actividad en la corteza prefrontal antes de alcanzar su objetivo final; sin embargo, en los que no existía actividad en esta zona, llegaban por una especie de suerte a su destino.

De esta forma, los hallazgos experimentales de los académicos UC indicarían que la capacidad para recordar nuestra posición en el espacio depende de la conectividad entre el hipocampo y la corteza prefrontal.

En el futuro, este conocimiento podría impulsar terapias en pacientes con pérdida de memoria, como las personas con Alzheimer, o quienes manifiestan problemas de aprendizaje, pues entender cómo aprendemos a ubicarnos en el espacio ayuda a los neurocientíficos a comprender otras formas de aprendizaje y cómo podrían verse afectadas. “Más adelante podríamos comenzar a desarrollar algún tipo de estimulación que permita aumentar la comunicación entre estas dos dos regiones y se alivien los síntomas”, expone el Dr. Aboitiz.

El estudio fue publicado por la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences USA (PNAS) y puede encontrarse en este enlace.

 

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